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LA MECA, CUNA DEL MENSAJE DEL ISLAM.

El Islam integra el espíritu de los Salmos de David (Daud), de la Torá de Moisés (Musa) y del Evangelio de Jesús (Isa). Estas escrituras representan las diferentes leyes y confesiones que eran afines y estaban interrelacionadas y que, a posteriori, fueron integradas en una sola religión, a saber, el Islam. El destino divino anunciaba los albores del Profeta Muhammad, ya que en La Meca estaba a punto de nacer el último de los nabíes y mensajeros de Allah. El Profeta nació, concretamente, un lunes del mes de Rabi al-Awal en «el año del elefante», correspondiente al año 570 o 571 d.C., es decir, cincuenta y tres años antes de la Hégira.

De este modo, el mensaje celestial descendería en La Meca sobre el Profeta Muhammad para que se lo transmitiera a toda la humanidad. El Profeta Muhammad nació en el seno del clan de los Banu Hachim, que era el menos acomodado pero el más considerado por los árabes. Por decreto divino, fue huérfano de padre y madre. En este sentido, y tal y como sostiene Al-Maliki, fue hijo único, sin hermanos ni hermanas, por lo que la descendencia y el honor de sus padres se limitaron a él. Esto significa también que Allah le iba a conceder, en tanto que Profeta, un linaje exclusivo y un honor sublime. Siete meses antes de su nacimiento, su padre Abdullah murió de joven mientras volvía de un viaje a Siria. Cabe señalar que convivió solo tres días con su esposa Ámina bint Wahab después de casados, al cabo de los cuales emprendió su viaje. A los cinco o seis años de edad, el Profeta perdió a su madre ante sus propios ojos mientras ambos volvían de la visita de la tumba de su padre. Este hecho –junto a la muerte de su padre que, para él, supuso una profunda tristeza– incrementó su angustiosa pena.

Tal fue, pues, el destino del Profeta. No le quedó nadie aparte de su abuelo y sus tíos. Antes del fallecimiento de su madre, pasó unos tres años en el desierto a cargo de su nodriza Halima. Esta era una tradición que seguían los dignatarios árabes a fin de garantizar un adecuado desarrollo de sus hijos, tanto a nivel físico como a nivel psicológico. El Profeta no pudo ver a su padre y no vivió mucho tiempo con su madre.

Tras la muerte de su madre, pasó a estar a cargo de su virtuoso y respetable abuelo Abd al-Muttalib, quien le dispensó su cuidado y ternura. Precisamente su abuelo fue quien le puso por nombre «Muhammad», ya que deseaba que fuera alabado tanto en los cielos como en la tierra; deseo, éste, que acabó cumpliéndose, ya que el Profeta fue el primero en tener dicho nombre en toda la Península Arábiga. Sin embargo, el abuelo al que el Profeta tanto amaba, era octogenario y no tardó en fallecer. Por ello, tras su fallecimiento, el Profeta pasó a estar bajo la tutela de su tío paterno Abu Talib.
La orfandad del Profeta, empero, formaba parte de una trayectoria escrupulosamente trazada por Allah y constituía, además, una de las manifestaciones de las ininterrumpidas lecciones educativas de Allah hacia Su Mensajero, pues ello formó parte de su formación psicológica, moral y cognitiva. Aunque, normalmente, la pérdida de los padres –con la consecuente orfandad–, deja serias secuelas en los niños, este hecho tuvo, no obstante, ventajas manifiestas en la vida de Muhammad, tanto como persona como Profeta. Esos años de infancia difíciles se reflejaron en su honestidad y sublime humanidad, elevando su mérito hacia lo más alto. Como ejemplo de ello, el Profeta mismo dirá, más adelante, que él y el que tutela a un huérfano estarán juntos en el Paraíso.

 

– Fragmento de la Biografía del profeta Muhammad escrita por Hussein Gubash –

 

 

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